La santidad es imposible ¿Por qué debemos intentarla entonces?

Si la santidad fuera imposible, Dios no nos pediría que seamos santos. Dios nunca nos manda a hacer cosas que son imposibles de hacer. Y lo que es más, en todo lo que nos manda, siempre está dispuesto a ayudarnos para que podamos hacerlo. Lo que no es posible es lograrlo de un día para el otro.

 

El modelo de santidad es Jesús, que «… no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca.» (1 Pedro 2.22). ¿Pero cómo podemos acercarnos a ese modelo? No es tan difícil, ya que el secreto está en el intento. Pablo dice: «Imítenme a mí, como yo imito a Cristo.» (1 Corintios 11.1).

La Biblia nos enseña que «… somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre.» (Hebreos 10.10). Cuando aceptamos a Jesús como Salvador y Señor de nuestra vida, El Espíritu Santo viene a vivir dentro de nosotros, y una de sus funciones es ayudarnos en el proceso de santificación. Esto quiere decir que si nosotros hacemos nuestra parte, cada día podremos parecernos un poquitito más a Jesús. Este proceso se llama «santificación», y va progresando a medida que pasamos más tiempo con Jesús: leyendo y estudiando la Palabra cada día, conversando con Él en oración, congregándonos y reuniéndonos con los hermanos. Haciendo esto, con la ayuda del Espíritu Santo, cuando en algún momento miremos para atrás nos asombraremos del progreso que hemos hecho, y eso nos animará a seguir adelante.

 

¿Por qué debes intentarlo? Porque en esto Dios está de tu lado. Quiere usar tu testimonio de vida para alcanzar a otros. Esta oración de Pablo también es para ti: «Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser—espíritu, alma y cuerpo—irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará.» (1 Tesalonicenses 5.23-24). Amén.

 

 


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