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    Acerca de las clases

    La tercera persecución bajo Adriano.
    Adriano, el sucesor de Trajano, prosiguió esta tercera persecución con tanta severidad como su sucesor. Alrededor
    de este tiempo fueron martirizados Alejandro, obispo de Roma, y sus dos diáconos; también Quirino y Hermes, con sus

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    familias; Zeno, un noble romano, y alrededor de diez mil otros cristianos. Muchos fueron crucificados en el Monte Ararat,
    coronados de espinas, siendo traspasados con lanzas, en imitación de la pasión de Cristo. Eustaquio, un valiente comandante
    romano, con muchos éxitos militares, recibió la orden de parte del emperador de unirse a un sacrificio idolátrico para celebrar
    algunas de sus propias victorias. Pero su fe (pues era cristiano de corazón) era tanto más grande que su vanidad, que rehusó
    noblemente. Enfurecido por esta negativa, el desagradecido emperador olvidó los servicios de este diestro comandante, y
    ordenó su martirio y el de toda su familia. En el martirio de Faustines y Jovitas, que eran hermanos y ciudadanos de Brescia,
    tantos fueron sus padecimientos y tan grande su paciencia, que el Calocerio, un pagano, contemplándolos, quedó absorto de
    admiración, y exclamó, en un arrebato: “¡Grande es el Dios de los cristianos!”, por lo cual fue prendido y se le hizo sufrir
    pareja suerte. Muchas otras crueldades y rigores tuvieron que sufrir los cristianos, hasta que Quadratus, obispo de Atenas,
    hizo una erudita apología en su favor delante del emperador, que estaba entonces presente, y Arístides, un filósofo de la
    misma ciudad, escribió una elegante epístola, lo que llevó a Adriano a disminuir su severidad y a ceder en favor de ellos.
    Adriano, al morir en el 138 d.C., fue sucedido por Antonino Pío, uno de los más gentiles monarcas que detuvo las
    persecuciones contra los cristianos.
    La cuarta persecución bajo Marco Aurelio Antonino, 162 d.C.
    Marco Aurelio sucedió en el trono en el año 161 de nuestro Señor, era un hombre de naturaleza más rígida y severa,
    y aunque elogiable en el estudio de la filosofía y en su actividad de gobierno, fue duro y fiero contra los cristianos, y
    desencadenó la cuarta persecución. Las crueldades ejecutadas en esta persecución fueron de tal calibre que muchos de los
    espectadores se estremecían de honor al verlas, y quedaban atónitos ante el valor de los sufrientes. Algunos de los mártires
    eran obligados a pasar, con sus pies ya heridos, sobre espinas, clavos, aguzadas conchas, etc., puestos de punta; otros eran
    azotados hasta que quedaban a la vista sus tendones y venas, y, después de haber sufrido los más atroces tormentos que
    pudieran inventarse, eran destruidos por las muertes más temibles. Germánico, un hombre joven, pero verdadero cristiano,
    siendo entregado a las fieras a causa de su fe, se condujo con un valor tan asombroso que varios paganos se convirtieron a
    aquella fe que inspiraba tal arrojo.
    Entre los mártires de este periodo tenemos al ilustre Policarpo, obispo de Esmirna. Policarpo era uno de los
    discípulos de San Juan. Conoció el evangelio en los años tempranos de su vida, y se consagró de todo corazón a pastorear la
    iglesia de Esmirna, en la que actuó durante muchos años. Era venerado de todos, no sólo por sus canas, sino también por la
    piedad manifiesta en su vida, y el espíritu cristiano que animaba todos sus actos. En el año 167 la persecución se levantó
    violenta contra las iglesias de toda la región que circunda a Esmirna. El procónsul de Asia, hasta entonces no había mostrado
    hostilidad, pero fue arrastrado en esta mala corriente por los sacerdotes paganos y los judíos intolerantes. Su método consistía
    en hacer una exhibición de los instrumentos de tortura, y de los animales salvajes a los cuales serían arrojados los que no
    quisieran abjurar. Si con esto no conseguía atemorizar a los cristianos, los condenaba a muerte. En medio de indescriptibles
    tormentos, que horrorizaban aun a los mismos espectadores paganos, los cristianos mostraban una tranquilidad y resignación
    que los verdugos no podían comprender. Existe una carta que la iglesia de Esmirna envió a las iglesias hermanas, en la cual
    se halla un relato detallado de los sufrimientos a que fueron expuestos, y de la manera como supieron llevarlos con
    resignación y constancia. “Nos parecía —dice la iglesia— que en medio de los sufrimientos estaban ausentes del cuerpo, o
    que el Señor estaba al lado de ellos y caminaba entre ellos, y que reposando en la gracia de Cristo, despreciaban los
    tormentos de este mundo”. No es extraño que en estas circunstancias ocurriesen algunos casos de fanatismo. Se dice que un
    cierto frigio llamado Quinto, se presentó ante el tribunal del procónsul declarando que era cristiano y que quería sufrir por su
    fe, pero cuando le mostraron las bestias salvajes su ánimo falso cedió y ofreció sacrificios a los ídolos jurando por el genio
    del emperador. La iglesia desaprobó este acto de extravagancia, porque el evangelio no enseña a buscar la muerte
    voluntariamente. La ciudad quería el martirio del más ilustre y más conocido de los siervos del Señor. La multitud clamaba
    pidiendo que Policarpo fuese arrojado a las fieras. Cuando el noble anciano lo supo, pensó en quedarse quieto esperando lo
    que Dios determinase acerca de su persona, pero los hermanos le rogaron que se ocultase en una aldea vecina. No bien hubo
    llegado Policarpo, aparecieron los soldados buscándole, pues había sido traicionado por uno de los que estaban enterados de
    su huida. Pudo escaparse aun esta vez, pero las autoridades sometiendo a la tortura a dos esclavos, lograron que uno declarase
    dónde se hallaba. Cuando Policarpo se vio frente a sus perseguidores, comprendió que su fin estaba cerca, y dijo: “Hágase la
    voluntad de Dios”. Pidió que diesen de comer y beber a los soldados que habían venido a prenderle, pidiendo a ellos
    solamente que le permitiesen pasar una hora en oración con su Dios, pero su corazón estaba tan lleno que durante dos horas
    continuas habló con su Padre celestial, pidiendo de él la fuerza que necesitaba para sufrir el martirio. Los paganos estaban
    conmovidos ante la actitud del noble varón de Dios. Los oficiales llevaron a Policarpo a la ciudad, montado en un asno. Le
    salió al encuentro el principal magistrado policial, quien le hizo subir en su coche y dirigiéndose a él amablemente le dijo:
    “¿Qué mal puede haber en decir, Mi Señor el emperador, y en sacrificar, y así salvar la vida?” Policarpo no respondía, pero
    como insistiese le contestó que no estaba dispuesto a seguir sus consejos. Cuando vieron que no podían persuadirle se

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    enfurecieron contra él, y empezaron a maltratarlo, hasta arrojarlo al suelo desde el carro en que iban, y a consecuencia del
    golpe sufrió contusiones en una pierna. Al comparecer delante del procónsul, éste le dijo que tuviese compasión de su edad
    avanzada, que jurase por el nombre del emperador y que diese pruebas de arrepentimiento, uniéndose a los gritos de la
    multitud que clamaba: «Afuera con los impíos». Policarpo miró serenamente a la multitud, y, señalándola con un ademán
    resuelto, dijo, “Afuera con los impíos”. El procónsul entonces le dice: “Jura, maldice a Cristo, y te pongo en libertad”. El
    anciano le respondió: “Ochenta y seis años lo he servido y Él no me ha hecho sino bien, ¿cómo puedo maldecirlo, a mi Señor
    y Salvador?” El procónsul seguía el interrogatorio y Policarpo le dice entonces: “Bueno, si deseas saber lo que soy, te digo
    francamente que soy cristiano. Si quieres saber en qué consiste la doctrina cristiana, señala una hora para oírme”. El
    procónsul entonces, demostrando que quería salvar al anciano, y que no compartía las ideas de la multitud le dijo: “Persuade
    al pueblo”. Policarpo respondió: “Yo me siento ligado a dar cuenta delante de ti, porque nuestra religión nos enseña a
    honrar a los magistrados establecidos por Dios, en lo que no afecte a nuestra salvación. Pero tocante a éstos, creo que son
    indignos de que me defienda delante de ellos”. Aquí el procónsul le amenazó con las bestias y con la pira, pero como no
    consiguió mover el ánimo del fiel testigo de Cristo, mandó que los heraldos pregonasen en el circo: “Policarpo ha confesado
    ser cristiano”’. Esto equivalía a decir que había sido condenado a muerte. Entonces la multitud empezó a dar gritos de júbilo
    y a decir: “Este es el que enseña en contra de los dioses, el padre de los cristianos, el enemigo de las divinidades, el que
    enseña a abandonar el culto de los dioses, y a no ofrecerles sacrificio”. El procónsul accedió al pedido de los judíos y
    paganos de que Policarpo fuese quemado vivo, y ellos mismos se apresuraron a traer la leña para levantar la hoguera. Cuando
    querían asegurarlo al poste de la pira les dijo: “Dejadme así, el que me ha dado fuerzas para venir al encuentro de las
    llamas, también me dará fuerzas para permanecer firme en el poste”. Antes de que encendiesen el fuego, oró con fervor
    diciendo: “¡Oh Señor, Todopoderoso, Dios, Padre de tu amado hijo Jesucristo, de quien hemos recibido tu conocimiento,
    Dios de los ángeles, y de toda la creación, de la raza humana y de los santos que viven en tu presencia, te alabo de que me
    hayas tenido por digno, en este día y en esta hora, de tener parte en el número de tus testigos, en la copa de Cristo”. Al
    encenderse la hoguera, las llamas rodearon su cuerpo, como un arco, sin tocarlo; entonces dieron orden al verdugo que lo
    traspasara con una espada, con lo que manó tal cantidad de sangre que apagó el fuego. Sin embargo se dio orden, por
    instigación de los enemigos del Evangelio, especialmente judíos, de que su cuerpo fuera consumido en la hoguera, y la
    petición de sus amigos, que querían darle cristiana sepultura, fue rechazada. Sin embargo, recogieron sus huesos y tanto de
    sus miembros como pudieron, y los hicieron enterrar decentemente. Así partió a estar con el Señor aquel que le amó y sirvió
    fielmente durante muchos años y en medio de tantas pruebas.
    Otros que sufrieron el martirio fueron, Metrodoro, un ministro que predicaba denodadamente, y Pionio, que hizo
    varias excelentes apologías de la fe cristiana, fueron también quemados. Carpo y Papilo, dos dignos cristianos, y Agatónica,
    una piadosa mujer, sufrió el martirio en Pergamópolis, en Asia. Felicitate, una ilustre dama romana, de una familia de buena
    posición, y muy virtuosa, era una devota cristiana, tenía siete hijos, a los que había educado con la más ejemplar piedad.
    Enero, el mayor, fue flagelado y prensado hasta morir con pesos; Félix y Felipe, que le seguían en edad, fueron
    descerebrados con garrotes; Silvano, el cuarto, fue asesinado siendo echado a un precipicio; y los tres hijos menores,
    Alejandro, Vital y Marcial, fueron decapitados. La madre fue después decapitada con la misma espada que los otros tres.
    Justino Mártir, el célebre filósofo, murió mártir en esta persecución. Nació de padres paganos en la antigua Siquem
    de Samaria, en los días cuando el último apóstol entraba en el reposo de los santos. Desde muy temprano empezó a mostrar
    una sed insaciable de verdad, y su afán por hallarla ha hecho que se le compare al mercader de la parábola de la perla de gran
    precio. Las creencias populares de las religiones dominantes le causaban disgusto, comprendiendo que eran sólo invenciones
    de hombres supersticiosos o interesados, que sólo podían satisfacer a los espíritus indiferentes. Buscó entonces la verdad en
    las escuelas de los filósofos, conversando con aquellos que demostraban poseer ideas más sublimes que las que alimentaban a
    las multitudes extraviadas. Miraba a todos lados buscando el faro que podría guiarle al anhelado puerto de la sabiduría.
    Golpeaba a las puertas de todas las escuelas filosóficas. Hoy lo hallamos en contacto con un sabio y mañana con otro, pero
    sólo podían hablarle de un Creador que gobierna y dirige las cosas grandes del Universo, pero según ellos, es indiferente a las
    necesidades individuales del hombre. De la escuela de los estoicos pasa a la de Pitágoras, pero siempre se halla envuelto en la
    niebla de vanas especulaciones, sin hallar en la filosofía aquella luz que su alma anhela. Viaja incesantemente de país en país,
    buscando los mejores frutos del saber humano. Ora en Roma, ora en Atenas, ora en Alejandría, pero en busca de la misma
    cosa, siempre deseando conocer la verdad y tener luz sobre los insondables problemas que surgen ante el universo, la vida, la
    muerte y la eternidad. Por fin creyó haber llegado a la meta de sus peregrinaciones abrazando las enseñanzas de Platón, por
    medio de las cuales llegó a entrever las sublimidades de un Dios personal. Estaba en los umbrales, pero la puerta continuaba
    cerrada desoyendo sus clamores. El dios de Platón no era tampoco el que podía satisfacer a un hombre que tenía hambre y
    sed de justicia. Su alma no podía alimentarse con áridos silogismos y vanas disputas de palabras. Tenía, pues, que seguir
    buscando lo que su alma necesitaba. Era Dios que guiaba a su futuro siervo por la senda de la sabiduría humana para que se
    diese cuenta de que en ella no reside la suprema bendición de Dios.

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    El poderoso testimonio que los cristianos daban en sus días le impresionó mucho, y al verles morir tan valientemente
    por su fe, se puso a pensar si no serían ellos los poseedores de la bendición que él buscaba. No le era posible creer que aquel
    sublime martirologio, aquellas fervientes plegarias frente a la muerte, aquella activa y desinteresada propaganda de su fe,
    fuese obra de fanáticos y mucho menos de personas malas, como el vulgo se lo figuraba. Alguna fuerza divina, algún poder
    para él desconocido, alguna causa por él ignorada, en fin, un algo tenía que haber, que infundiese tan dulces esperanzas, que
    crease tanto heroísmo, y que diese animación y vida al movimiento que no habían podido detener las espadas inclementes de
    los césares, ni las fieras salvajes del anfiteatro. Caminando un día, pensativo, por las orillas del mar, vestido con su toga de
    filósofo, encontró a un anciano venerable, que le impresionó por su imponente aspecto y por la bondad de su carácter.
    Reconociendo en el manto que Justino era uno de los que buscan la verdad, aquel anciano se le acercó procurando entablar
    conversación. Era un cristiano que andaba buscando la oportunidad de cumplir con el mandato del Maestro de llevar el
    evangelio a toda criatura. Ni bien empezó a hablarle logró tocar la cuerda más sensible del corazón de Justino. Le dijo que la
    filosofía promete lo que no puede dar. Entonces le habló de las Sagradas Escrituras, que encierran todo el consejo de Dios, y
    le indicó la conveniencia de leerlas atentamente, añadiendo: “ruega a Dios que abra tu corazón para ver la luz, porque sin la
    voluntad de Dios y de su hijo Jesucristo, ningún hombre alcanzará la verdad”. El corazón de Justino ardía dentro de él al oír
    las palabras de su interlocutor. Fue entonces cuando se decidió a estudiar asiduamente las Escrituras del Antiguo Testamento.
    Las profecías le llenaron de admiración. La manera como éstas se cumplieron, le convenció de que aquellos hombres que las
    escribieron habían sido inspirados por Dios. Los Evangelios lo pusieron en contacto con aquel que pudo decir: “Yo soy el
    camino, y la verdad, y la vida”. Pudo oír las palabras de aquel que habló como ningún otro habló, conocer los hechos de
    aquel que obró como ningún otro obró, y leer la vida del que vivió como ningún otro vivió. Las Escrituras le guiaron a Cristo,
    en quien halló la verdadera filosofía, y desde ese momento, Justino aparece militando entre los despreciados discípulos del
    que murió en una cruz.
    En aquellos tiempos no se conocía la distinción moderna de clérigos y legos. No había una clase determinada de
    cristianos que monopolizase la predicación. Todos los que tenían el don lo hacían indistintamente, ya fuesen o no, obispos de
    la congregación. Justino, pues, sin abandonar la toga de filósofo que le daba acceso a los paganos, se consagró a predicar la
    verdad, no ya como uno que la buscaba sino como uno que la poseía. No cesaba de trabajar para que muchos viniesen al
    conocimiento del evangelio, pues creía que el que conoce la verdad y no hace a otros participantes de ella, será juzgado
    severamente por Dios. Toda su carrera, desde su conversión a su martirio, estuvo en armonía con esta creencia. Día tras día se
    le podía ver en las plazas, rodeado de grupos de personas que le escuchaban ansiosos. Los que pasaban se sentían atraídos por
    su toga, y después de la corriente salutación: “salve, filósofo”, se quedaban a escucharle. Cumplía así el dicho de Salomón
    acerca de la Sabiduría: “En las alturas junto al camino, a las encrucijadas de las veredas se para; En el lugar de las puertas,
    a la entrada de la ciudad, a la entrada de las puertas da voces: Oh hombres, a vosotros clamo; dirijo mi voz a los hijos de
    los hombres. Entended, oh simples, discreción; y vosotros, necios, entrad en cordura. Oíd, porque hablaré cosas excelentes,
    y abriré mis labios para cosas rectas. Porque mi boca hablará verdad, y la impiedad abominan mis labios”, (Proverbios 8:2-
    7). Así era uno de los instrumentos poderosos en las manos del Señor, para hacer llegar a las multitudes el conocimiento del
    evangelio.
    Como escritor, Justino puede ser considerado uno de los más notables de los tiempos primitivos del cristianismo.
    Algunas de sus obras han llegado hasta nosotros. Refiriéndose a sus escritos, dice el profesor escocés James Orr: “El mayor
    de los apologistas de este período, cuyos trabajos aún se conservan, es Justino Mártir. De él poseemos dos Apologías
    dirigidas a Antonio Pío y al Senado Romano (año 150), y el Diálogo con Trifón, un judío, escrito algo más tarde. La primera
    Apología de Justino es una pieza argumentativa concebida noblemente, y admirablemente presentada. Consta de tres partes
    — la primera refuta los cargos hechos contra los cristianos; la segunda prueba la verdad de la religión cristiana,
    principalmente por medio de las profecías; la tercera explica la naturaleza del culto cristiano. La segunda Apología fue
    motivada por un vergonzoso caso de persecución bajo Urbico, el prefecto. El diálogo con Trifón es el relato de una larga
    discusión en Efeso, con un judío liberal, y hace frente a las objeciones que hace al cristianismo”. Los escritos de Justino
    tienen el mérito de revelarnos cuáles eran las creencias y costumbres de aquella época.
    Refiriéndose al poder regenerador del evangelio, dice: “Podemos señalar a muchos entre nosotros, que de hombres
    violentos y tiranos, fueron cambiados por un poder victorioso. Yo hallé en la doctrina de Cristo la única filosofía segura y
    saludable, porque tiene en sí el poder de encaminar a los que se apartan de la senda recua y es dulce la porción que tienen
    aquellos que la practican. Que la doctrina es más dulce que la miel, es evidente por el hecho de que los que son formados en
    ella, no niegan el nombre del Maestro aunque tengan que morir. Nosotros que antes seguíamos artes mágicas, nos
    dedicamos al bien y al único Dios; que teníamos como la mejor cosa la adquisición de riquezas y posesiones, ahora tenemos
    todas las cosas en común, y comunicamos mutuamente en las necesidades; que nos odiábamos y destruíamos el uno al otro,
    y que a causa de las costumbres diferentes, no nos sentábamos junto al mismo fuego con personas de otras tribus, ahora,

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    desde que vino Cristo, vivimos familiarmente con ellos, y oramos por nuestros enemigos, y procuramos persuadir a los que
    nos aborrecen injustamente, para que vivan conforme a los buenos preceptos de Cristo, a fin de que juntamente con
    nosotros, sean hechos participantes de la misma gozosa esperanza del galardón de Dios, ordenador de todo”.
    Sobre el culto cristiano en aquella época dice: “El día llamado del sol, todos los que viven en las ciudades o en el
    campo, se juntan en un lugar y se leen las Memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas, tanto como el tiempo lo
    permite; entonces el que preside, enseña y exhorta a imitar estas buenas cosas. Luego nos levantamos juntos y oramos (en
    otro pasaje menciona también el canto); traen pan, vino y agua, y el que preside ofrece oraciones y acciones de gracias
    según su don, y el pueblo dice amén. Nos reunimos en el día del sol, porque es el día cuando Dios creó el mundo, y
    Jesucristo resucitó de entre los muertos”. Vemos que el culto no era ritualista ni ceremonioso, sino que consistía en la lectura
    de las Escrituras, la explicación de la misma, las oraciones, el canto y la participación de la cena que tenía lugar,
    principalmente, el primer día de la semana.
    Refiriéndose a la beneficencia cristiana, dice: “Los ricos entre nosotros ayudan a los necesitados; cada uno da lo
    que cree justo; y lo que se colecta es puesto aparte por el que preside, quien alivia a los huérfanos y a las viudas y a los que
    están enfermos o necesitados; o a los que están presos o son forasteros entre nosotros; en una palabra, cuida de los
    necesitados”.
    La actividad de Justino no pudo menos que despertar el odio de los adversarios. Un filósofo contrario a sus ideas
    deseando deshacerse de él, denunció que era cristiano, y junto con seis hermanos más, tuvo que comparecer ante las
    autoridades. Allí confesó abiertamente su fe en Cristo, no temiendo la ira de sus adversarios, y fue condenado a muerte. Un
    estoico, burlándose, le preguntó si suponía que después que le hubiesen cortado la cabeza iría al cielo. Justino le contestó que
    no lo suponía sino que estaba seguro. La decapitación de Justino y sus compañeros ocurrió probablemente en el año 167,
    siendo emperador Marco Aurelio.

    Se ha dicho que las vidas de los cristianos primitivos consistían de
    “persecución por encima del suelo y oración por debajo del suelo”.
    Sus vidas están expresadas por el Coliseo y las catacumbas. Debajo
    de Roma están los subterráneos que llamamos las catacumbas, que
    eran a la vez templos y tumbas. La primitiva Iglesia en Roma podría
    ser llamada con razón la Iglesia de las Catacumbas. Hay unas
    sesenta catacumbas cerca de Roma, en las que se han seguido unas
    seiscientas millas de galerías, y esto no es la totalidad. Estas galerías
    tienen una altura de alrededor de ocho pies (2.4 metros) y una
    anchura de entre tres a cinco pies (de casi 1 metro hasta 1.5), y
    contienen a cada lado varias hileras de recesos largos, bajos,
    horizontales, uno encima de otros como a modo de literas en un

    barco. Catacumbas donde se refugiaron miles de cristianos
    En estos nichos eran puestos los cadáveres, y eran cerrados bien con una simple lápida de mármol, o con varias
    grandes losas de tierra cocida ligadas con mortero. En estas lápidas o losas hay grabados o pintados epitafios y símbolos.
    Tanto los paganos como los cristianos sepultaban a sus muertos en estas catacumbas. Cuando se abrieron los sepulcros
    cristianos, los esqueletos contaron su temible historia. Se encuentran cabezas separadas del cuerpo; costillas y clavículas
    rotas, huesos frecuentemente calcinados por el fuego. Pero a pesar de la terrible historia de persecución que podemos leer ahí,
    las inscripciones respiran paz, gozo y triunfo. Aquí tenemos unas cuantas: “Aquí yace Marcia, puesta a reposar en un sueño
    de paz”. “Lorenzo a su más dulce hijo, llevado por los ángeles”. “Victorioso en paz y en Cristo”. “Al ser llamado, se fue en
    paz”. Recordemos, al leer estas inscripciones la historia que los esqueletos cuentan de persecución, tortura y fuego. Pero la
    plena fuerza de estos epitafios se aprecia cuando los contrastarnos con los epitafios paganos, como: “Vive para esta hora
    presente, porque de nada más estamos seguros”. “Levanto mi mano contra los dioses que me arrebataron a los veinte años,
    aunque nada malo había hecho”. “Una vez no era. Ahora no soy. Nada sé de ello, y no es mi preocupación”. “Peregrino, no
    me maldigas cuando pases por aquí, porque estoy en tinieblas y no puedo responder”. En la preciosa obra cristiana “El
    Mártir de las Catacumbas”, se describe la forma tétrica de estas catacumbas, así como la esperanza que las tumbas de los
    cristianos testificaban: “A lo largo de las murallas habían planchas semejantes a lápidas que parecían cubrir largas y
    estrechas excavaciones. Estos nichos celulares se alineaban a ambos lados tan estrechamente que apenas quedaba
    entre uno y otro. Las inscripciones que se veían en planchas evidenciaban que eran tumbas de cristianos. No tuvo

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    tiempo de detenerse a leer, pero había una nota la repetición de la misma expresión, tal como: HONORIA – ELLA DUERME
    EN PAZ, FAUSTA – EN PAZ. En casi todas las planchas Él vio la misma dulce benigna palabra. «PAZ,» pensaba
    Marcelo. «Que gente más maravillosa son estos cristianos, que aun en medio de escenarios como Éste abrigan su sublime
    desdén a la muerte». Sus ojos se habituaban cada vez mejor a las tinieblas conforme avanzaba. Ahora el pasillo empezaba a
    estrecharse; el techo se inclinaba y los lados se acercaban; ellos tenían que agacharse y caminar más despacio. Las
    murallas eran toscas y rudamente cortadas conforme las dejaban los trabajadores cuando extraían de aquí su última
    carga de arena para los edificios del exterior. La humedad subterránea y las acrecencias de honguillos se hallaban
    regadas por todas partes, agravando todo su color tétrico, saturando el aire de pesada humedad, mientras que el
    humo de las antorchas hacia la atmosfera tanto más depresiva”. Las catacumbas ocuparon un lugar muy importantes para
    los cristianos de esta época, ya que al ser perseguidos, buscaron no solo refugio, sino un lugar donde hallaban la tan ansiada
    comunión los unos de con los otros. El autor del Mártir de las Catacumbas lo expresa así: “Continuaron su lenta marcha,
    hasta que una luz brillo delante de ellos, hiriendo las densas tinieblas con sus rayos. Los sonidos aumentaban,
    elevándose de pronto en un coro de magnificencia imponderable, para luego disminuir y menguar hasta tornarse en unos
    lamentos de penitentes súplicas… Estaban en una cámara abovedada como de unos cinco metros de alto y diez en
    cuadro. Y en tan reducido espacio se albergaban como cien personas, hombres, mujeres y niños. A un lado había
    una mesa, tras la cual estaba de pie un anciano venerable, el cual parecía ser el dirigente de ellos. El lugar se hallaba
    iluminado con el reflejo de algunas antorchas que arrojaban su mortecina luz rojiza sobre la asamblea toda. A los
    presentes se les veía cargados de inquietud y demacrados, observándose en sus rostros la misma característica
    palidez que habla visto en el cavador. ¡Ah, pero la expresión que ahora se veía en ellos no era en lo absoluto de
    tristeza, ni de miseria ni de desesperación! ¡Más bien una atractiva esperanza iluminaba sus ojos, y en sus rostros se
    dibujaba un gozo victorioso y triunfal!… Y mientras permanecía estático y silencioso, escuchó el canto entonado con el
    alma por esta congregación: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios todopoderoso. Justos y verdaderos son tus
    caminos, Tú, oh Rey de los santos. ¿Quién no Te teme·, oh Dios, y ha de glorificar Tu sagrado Nombre? Porque Tú solo eres
    santo. Porque todas las naciones han de venir y adorar delante De Ti, porque tus juicios se han manifestado. A esto siguió
    una pausa. El dirigente leyó algo en un rollo… Era la aseveración más sublime de la inmortalidad del alma, y
    de la vida después de la muerte. La congregación toda parecía pendiente del majestuoso poder de estas palabras,
    que parecían transmitir hálitos de vida. Finalmente el lector llegó a prorrumpir en una exclamación de gozo, que
    arrancó clamores de gratitud y la más entusiasmada esperanza de parte de toda la congregación. Las palabras
    penetraron al corazón del observador recién llegado, aunque Él todavía no comprendía la plenitud de su
    significado: “¿Dónde está·, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la
    muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor
    nuestro Jesucristo”. De esta manera, los cristianos se congregaban en las catacumbas para adorar libremente al Señor y huir
    de la cruel persecución. Los más frecuentes símbolos cristianos en las paredes de las catacumbas son el buen Pastor con el
    cordero en sus hombros, una nave con todo el velamen, arpas, anclas, coronas, vides, y por encima de todo, el pez.
    Los mártires de Lyon y Viena figuran también entre las filas de los campeones de la fe de este siglo. La primera vez
    que Francia aparece en la historia del cristianismo, se presenta acompañada de una legión de mártires; primicias gloriosas de
    los miles que en siglos posteriores, sellarían con su muerte el testimonio de la fe que habían abrazado. Fue en el año 177,
    cuando las iglesias de Lyon y Viena (esta última es una ciudad francesa sobre el Ródano, que no hay que confundir con la
    capital de Austria del mismo nombre) sintieron el azote inclemente del paganismo. Los hechos relacionados con esta
    persecución fueron fielmente narrados por las iglesias de Lyon y Viena en una carta que enviaron a las iglesias hermanas de
    otras regiones. Esta carta se atribuye a la magistral pluma de Ireneo, y ha sido conservada, casi íntegramente, por Eusebio. Su
    autenticidad nunca fue puesta en duda, y ha sido llamada la perla literaria de la literatura cristiana de los primeros siglos. Al
    presentar a nuestros lectores los hechos de esos mártires, no podemos hacer nada mejor que reproducir los párrafos más
    notables de esta joya de la literatura y de la historia. He aquí el preámbulo: “Los siervos de Jesucristo que están en Viena y
    Lyon, en la Galia, a los hermanos de Asia y de Frigia, que tienen la misma esperanza, paz, gracia y gloria de la parte de
    Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor”. Empieza la narración de los sufrimientos y dice: “Jamás las palabras podrán
    expresar, ni la pluma describir, el rigor de la persecución, la furia de los gentiles contra los santos, la crueldad de los
    suplicios que soportaron con constancia los bienaventurados mártires. El enemigo desplegó contra nosotros todas sus
    fuerzas, como preludio de lo que hará sufrir a los elegidos en su último advenimiento, cuando haya recibido mayor poder
    contra ellos. No hay cosa que no haya hecho para adiestrar de antemano a sus ministros en contra de los siervos de Dios.
    Empezaron por prohibirnos la entrada a los edificios públicos, a los baños, al foro; llegaron a prohibirnos toda aparición.
    Pero la gracia de Dios combatió por nosotros; libró del combate a los más débiles, y expuso a los que, por su coraje, se
    asemejan a firmes columnas, capaces de resistir a todos los esfuerzos del enemigo. Estos héroes, pues, habiendo llegado a la
    hora de la prueba, sufrieron toda clase de oprobios y tormentos; pero miraron todo eso como poca cosa, a causa del anhelo
    que tenían de reunirse lo más pronto a Jesucristo, enseñándonos, por su ejemplo, que las aflicciones de esta vida no tienen

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    Historia Eclesiástica: Un Vistazo a Nuestros Orígenes
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    proporción con la gloria futura que sobre nosotros ha de ser manifestada. Empezaron por soportar con la más generosa
    constancia todo lo que se puede sufrir de parte de un populacho insolente; gritos injuriosos, pillaje de sus bienes, insultos,
    arrestos y prisiones, pedradas, y todos los excesos que puede hacer un pueblo furioso y bárbaro contra aquellos a quienes
    cree sus enemigos. Siendo arrastrados al foro, fueron interrogados delante de todo el pueblo, por el tribuno y autoridades de
    la ciudad; y después de haber confesado noblemente su fe, fueron puestos en la cárcel hasta la venida del presidente”.
    También esta carta habla sobre la noble actitud de Epagato dice la carta: “Cuando el magistrado llegó, los
    confesores fueron llevados delante del tribunal; y como él los tratara con toda clase de crueldades, Vetio Epagato, uno de
    nuestros hermanos, dio un bello ejemplo del amor que tenía para con Dios y para con el prójimo. Era un joven tan
    ordenado, que en su temprana juventud, había merecido el elogio que las Escrituras hacen del anciano Zacarías; como él
    andaba de modo irreprochable en el camino de todos los mandamientos del Señor, siempre listo para ser servicial al
    prójimo, lleno de fervor y de celo por la gloria de Dios. No pudo ver sin indignación la iniquidad del juicio que se nos hacía;
    penetrado de un justo dolor, pidió permiso para defender la causa de sus hermanos y demostrar que en nuestras costumbres
    no hay ni ateísmo ni impiedad. Al hacer esta proposición, la multitud que rodeaba el tribunal, se puso a lanzar gritos contra
    él, porque era muy conocido; y el presidente, herido por una demanda tan justa, por toda respuesta le preguntó si era
    cristiano. Epagato respondió con voz alta y dará que lo era, y en seguida fue colocado junto con los mártires y llamado el
    abogado de los cristianos; nombre glorioso que merecía, porque tenía, tanto o más que Zacarías, el Espíritu dentro de sí por
    abogado y consolador; lo que demostró por medio de ese amor ardiente que le hacía dar su sangre y su vida en defensa de
    sus hermanos. Era un verdadero discípulo, siguiendo en todas partes al Cordero divino”.
    También se encuentra entre los mártires de Lyon, una niña esclava llamada Blandina, ocupa el lugar prominente.
    Oigamos lo que sobre ella dice la carta de las iglesias: “Entonces hicieron sufrir a los mártires tormentos tan atroces que no
    hay palabras para narrarlos; Satán puso todo en juego para hacerles confesar las blasfemias y calumnias de que eran
    acusados. El furor del pueblo, del gobernador y de los soldados, se manifestó especialmente contra Santos, diácono de
    Viena; contra Maturo, neófito pero ya atleta generoso; contra Átale natural de Pérgamo, columna y sostén de la iglesia de
    aquella ciudad, y contra Blandina, joven esclava por medio de quien Jesucristo ha dejado ver cómo él sabe glorificar
    delante de Dios, lo que parece vil y menospreciable a los ojos de los hombres. Todos temíamos por esta joven; y aun su
    dueña, que figuraba en el número de los mártires, tenía miedo de que no tuviese la fuerza de confesar la fe, a causa de la
    debilidad de su cuerpo. Sin embargo, mostró tanto coraje, que hizo fatigar a los verdugos que la atormentaron desde la
    mañana hasta la noche. Después de haberla hecho sufrir todo género de suplicios, no sabiendo más que hacerle, se
    declararon vencidos; se quedaron muy sorprendidos de que respirase aún dentro de un cuerpo herido, y decían que uno solo
    de los suplicios bastaba para hacerla expirar, y que no era necesario hacerla sufrir tantos ni tan fuertes. Pero la santa
    mártir adquiría nuevas fuerzas, como buena atleta, confesando su fe era para ella un refrigerio, un reposo, y cambiar sus
    tormentos en delicias el poder decir: Yo soy cristiana. Entre nosotros no se comete ningún mal”. Sobre su primera
    presentación en el circo, dice la carta: “Blandina fue suspendida a un poste, para ser devorada por las bestias. Estando
    atada en forma de cruz, y orando con mucho fervor, llenaba de coraje a los otros mártires, que creían ver en su hermana, la
    representación del que fue crucificado por ellos, para enseñarles que cualquiera que sufra aquí por su gloria, gozará en el
    cielo de la vida eterna con Dios su Padre. Pero como ninguna bestia se atrevió a tocarla, la enviaron de nuevo a la prisión
    reservándola para otro combate, para que apareciendo victoriosa en muchos encuentros, hiciese caer, por una parte, una
    condenación mayor sobre la malicia de Satán y levantase por otra, el coraje de sus hermanos, quienes veían en ella una
    muchacha pobre, débil y despreciable, pero revestida de la fuerza invencible de Jesucristo, triunfar del infierno tantas veces,
    y ganar por medio de una victoria gloriosa, la corona de la inmortalidad”. En el segundo encuentro Blandina aparece en el
    circo junto con el joven Póntico, y la carta dice así: “El último día de los espectáculos, hicieron comparecer de nuevo a
    Blandina y a un joven de unos quince años llamado Póntico. Todos los días lo habían traído al anfiteatro, para intimidarlo
    por la vista de los suplicios que hacían sufrir a los otros. Los gentiles querían forzarlos a jurar por sus ídolos. Como ellos
    seguían negando su pretendida divinidad, el pueblo se enfureció contra ellos; y sin ninguna compasión por la juventud del
    uno ni por el sexo de la otra, los hicieron pasar por todo género de tormentos, instigándoles a que jurasen. Pero su
    constancia fue invencible; porque Póntico, animado por su hermana, quien lo exhortaba y fortificaba frente a los paganos,
    sufrió generosamente todos los suplicios y entregó su espíritu. La bienaventurada Blandina quedó, pues, la última, como una
    madre noble, que después de haber enviado delante de ella sus hijos victoriosos a quienes animó en el combate, se apresura
    para ir a unirse con ellos. Entró en la misma carrera con tanto gozo como si fuese al festín nupcial y no al matadero, donde
    serviría de alimento a las fieras. Después de haber sufrido los azotes, de ser expuesta a las bestias, de ser quemada en la
    silla de hierro candente, la encerraron en una red y la presentaron a un toro, que la arrojó varias veces al aire; pero la
    santa mártir, ocupada en la esperanza que le daba su fe, hablaba con Jesucristo y no sentía los tormentos. Al fin degollaron
    esta víctima ‘inocente; y los mismos paganos confesaron que nunca habían visto a una mujer, sufrir tanto ni con tan heroica
    constancia”.

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