HISTORIA DEL NUEVO TESTAMENTO
Acerca de las clases

El apostolado

Llamamiento y educación de los doce. Quizá la formación del apostolado debe colocarse a la par de los milagros y la predicación como un tercer medio por el cual él efectuaba su obra. Los hombres que llegaron a ser los doce apóstoles no eran más, al principio, que discípulos ordinarios como otros muchos. Esta, al menos, era la posición de los que ya eran sus seguidores durante el primer año de su ministerio. Al comenzar su actividad en Galilea, sus relaciones con él pasaron a un grado más alto. Los llamó para que abandonaran sus empleos ordinarios y estuviesen constantemente con el, y es probable que no pasaron muchas semanas antes de que los ascendiese al tercero y final grado de intimidad con él, ordenándolos como apóstoles.

Fue cuando su obra había llegado a ser tan extensa y apremiante que le era completamente imposible abarcarla toda, que por decirlo así, se multiplicó a sí mismo, nombrándoles a ellos como sus ayudantes. Los comi­sionó a enseñar los elementos más sencillos de su doctrina, y les confirió poderes milagrosos semejantes a los suyos propios. De esta manera fueron evangelizadas muchas poblaciones que él no tenía tiempo para visitar, y muchas personas que no pudieron llegar a tener contacto personal con él, fueron curadas.

Pero, como lo demostraron los sucesos futuros, sus fines al nombrarlos tenían un alcance mucho mayor. Su obra era para todo tiempo y para todo el mundo. No era posible que fuese terminada durante la vida de una sola persona. Previo esto, e hizo provisión para ello, haciendo una temprana elección de agentes que pudieran llevar adelante sus planes después de su partida y por medio de los cuales pudiera extender su influencia sobre la humanidad. El mismo no escribió nada. Pudiera pensarse que escribir hubiera sido el mejor modo de perpetuar su influencia, y de dar al mundo una idea perfecta de sí mismo; y no podemos menos que imaginarnos, animados de un vehemente deseo, lo que sería un volumen escrito por sus propias manos. Pero por razones sabias él se abstuvo de esta clase de trabajo y se resolvió a vivir, después de su muerte, en la vida de hombres escogidos.

Es sorprendente ver qué clase de personas escogió él para tan grande destino. No pertenecían a las clases instruidas y de más influencia. Sin dudas los cabecillas y caudillos de la nación debían haber sido los instrumentos de su Mesías, pero ellos mismos se mostraron totalmente indignos de tan alta vocación. El no los necesitaba; no le hacía falta la influencia de poder y sabiduría carnales. Siendo su costumbre hacer uso de aquellos elementos de carácter que no se limitan a ninguna condición de vida o grado de cultura, no vaciló en confiar su causa a doce hombres sencillos que carecían de instrucción y que pertenecían al pueblo común.

Hizo la elección después de una noche de oración, y sin duda después de muchos días de deliberación.   El resultado demostró con qué penetración de carácter él había actuado. Resultaron ser instrumentos perfectamente adecuados para el gran designio; cuando menos dos de ellos eran hombres de dones supremos; y aunque uno de los doce resultó ser traidor, y es probable que aun después de hechas todas las explicaciones la elección de él seguirá siendo un misterio explicado apenas en parte; sin embargo, la elección de agentes que al principio daban tan poca esperanza, pero que al fin alcanzaron tan grande éxito, será siempre uno de los principales momentos de la incomparable originalidad de Jesús.

Sería sin embargo una explicación muy inadecuada de la relación que existía entre Jesús y los doce, señalar solamente la penetración con que descubrió en ellos los gérmenes de aptitud para su grande porvenir. Llegaron a ser hombres muy notables, y al fundar la iglesia ejecutaron una obra de importancia inconmensurable. Se puede decir, en un sentido, que ellos ni soñaron que estarían sentados en tronos, gobernando al mundo moderno. Ellos se levantan como una hilera de columnas majestuosas al través de las llanuras de la historia. Pero la luz que los baña y los hace visibles proviene sólo de Cristo. El les dio toda su grandeza; y la de ellos es una notable prueba de la de él.

¡Qué no debe de haber sido Aquél cuya influencia les daba tanta magnitud de carácter, y los hizo aptos para tan gigantesca tarea! Al principio eran rudos y carnales en extremo. ¿Qué esperanza había de que alguna vez pudieran apreciar los designios de una mente como la de él, heredar su obra, poseer en grado alguno un espíritu tan exquisito, y transmitir a generaciones futuras una representación fiel de su carácter? Pero los educaba con la paciencia más cariñosa, soportando sus vulgares esperanzas y sus torpes interpretaciones de lo que él quería decir. No olvidándose ni por un momento del papel que ellos iban a hacer en el futuro, se dedicó a enseñarles, como su obra principal.

Estaban en compañía con él más constantemente aun que el cuerpo general de los discípulos, viendo todo lo que él hacía en público y escuchando todo lo que decía. Muchas veces ellos formaban el auditorio, y en tales ocasiones él les descubría las glorias y los misterios de su doctrina, sembrando en sus mentes la semilla de la verdad que después con el tiempo y la experiencia debía fructificar.

Pero la parte más importante de su educación era algo que quizás notaron poco entonces, a pesar de que estaba produciendo tan magníficos resultados: la influencia silenciosa y constante del carácter de Jesús sobre ellos. Los atraía a sí mismo e imprimía en ellos su propia imagen. Esto fue lo que los hizo llegar a ser lo que fueron. Por medio de esto, más que por otra cosa alguna, las generaciones de los que lo aman dirigen sus miradas a ellos con envidia. Admiramos y adoramos aun a tan grande distancia las cualidades de su carácter, pero iQué sería haberlas visto en la unidad de su vida, y sentir durante años enteros su influencia transformadora! ¿Podemos conocer con alguna exactitud los rasgos distintivos de ese carácter, cuya gloría ellos veían y bajo cuya potencia vivían?

El carácter humano de Jesús. Tal vez el rasgo que notarían primero los discípulos en Jesús sería su concentración en su propósito. Es indudable que esta cualidad marca el tono fundamental que se oye en todos sus dichos que nos han sido conservados, y es el pulso que sentimos latir en todas sus acciones cuyo recuerdo tenemos. Estaba posesionado de un propósito que lo guiaba y lo impulsaba hacia adelante.

La mayor parte de las vidas no se dirigen hacia ningún fin particular, sino que se dejan llevar adelante, bajo la influencia de variados sentimientos e instintos o por las corrientes de la sociedad, y nada terminan. Pero es evidente que Jesús tenía por delante un objetivo definido, que absorbía sus pensamientos y desarrollaba toda su energía. A menudo daba como motivo para no hacer algo: «Mi hora no ha llegado», como si su designio absorbiera cada momento y como si cada hora tuviera designada su parte propia en la tarea. Esto impartía a su vida un celo y rapidez de ejecución de que la mayor parte de las vidas carecen. Esto le salvó también de perder su energía en detalles, y del cuidado por las cosas pequeñas en que se disipan las vidas de los que no tienen una vocación definida; y esto hizo que su vida, a pesar de ser tan variadas sus actividades, fuera una perfecta unidad.

Muy íntimamente relacionada con esta cualidad había otra muy saliente, que puede llamarse su fe. por la cual se quiere decir su asombrosa confianza en la realización de su propósito, y una aparente desatención a los medios y a la oposición. Si se considera, aun de la manera más general, cuan vasto era su propósito —reformar su nación y emprender un movimiento religioso que debía ser eterno y universal—; si se toma en consideración la oposición que encontraba y que él preveía que su causa tendría que encontrar a cada paso; y si se recuerda lo que él, como hombre, era —un indocto campesino de Galilea— su tranquila e intrépida confianza en su buen éxito aparecerá tan sólo menos notable que el buen éxito mismo.

Después de leer los Evangelios, una persona se pregunta con asombro qué hizo él para producir una impresión tan tremenda en el mundo. No creó ninguna maquinaría complicada para asegurar el efecto. No puso su mano sobre los centros de influencia: educación, riquezas, gobierno, etc. Es cierto que instituyó la iglesia. Pero no dejó ninguna explicación detallada de la naturaleza de ella ni reglas para su constitución. Era la sencillez de una fe que no busca medios, ni hace preparativos, sino que sencillamente sigue adelante y ejecuta su obra. Era la misma cualidad que según él, podía traspasar montañas, y la que más deseaba ver en sus discípulos. Era la insensatez del evangelio, de que se jactaba Pablo, saliendo con el denuedo que da el poder, pero con una escasez ridícula de equipo, para conquistar al mundo griego y romano.

Una tercera cualidad saliente de su carácter era su originalidad. La mayor parte de las vidas se explican fácilmente. No son más que productos de las circunstancias y copia de miles de otras vidas semejantes que coexisten con ellas o las han precedido. Nos modelan los hábitos y costumbres del país a que pertenecemos, la moda, y el gusto de nuestra generación, las tradiciones de nuestra educación, las preocupaciones de nuestra escuela o secta. La obra que ejecutamos nos es determinada por un concurso fortuito de circunstancias; en lugar de crecer nuestras convicciones naturalmente desde adentro, las maneja una autoridad que viene de afuera; nuestras opiniones no son traídas en fragmentos por cada viento que sopla.

Pero, ¿cuáles circunstancias formaron al Hombre Cristo Jesús? Nunca hubo otra edad más árida y estéril que aquella en que él nació. Era como una alta y vigorosa palmera nacida en un desierto. ¿Qué había en la vida estrecha de Nazaret para producir un carácter tan gigantesco? ¿Cómo era posible que la aldea notoriamente pecadora produjera una pureza tan viviente? Quizás algún escriba le haya enseñado las letras y los rudimentos del saber, pero su doctrina era una contradicción completa de todo lo que los escribas enseñaban. Nunca se apoderaron de su espíritu libre, las modas de las sectas. ¡Cuan claramente, en medio de los sonidos que llenaban el oído de su época, oía él la desatendida voz de la verdad, tan diferente de aquéllos! ¡Cuan claramente, detrás de las pretensiones y las formas aceptadas de la piedad, veía la hermosa y desatendida figura de la santidad verdadera! Crecía desde adentro. Dirigía sus ojos directamente a los hechos de la naturaleza y de la vida, y creía lo que veía, en vez de permitir que su vista fuese modificada por lo que otros decían haber visto.

Era igualmente fiel a la verdad en sus palabras. Se presentaba y hablaba sin vacilación lo que creía, aunque sacudía hasta sus cimientos las instituciones, los credos, y las costumbres de su país, y desataba las opiniones del pueblo en centenares de los puntos en que habían sido educados.

Puede decirse en verdad, que a pesar de que la nación judaica de su tiempo era un terreno totalmente árido, del que no era posible esperar que creciera cosa alguna que fuera vigorosa o grande, él se volvió a la primitiva historia de su nación y nutría su espíritu con las ideas de Moisés y de los profetas. Hay algo de verdad en esto. Pero, a pesar de su cariñosa y constante familiaridad con ellos, los trataba con mano libre e intrépida. Los libró de sí mismos y exhibió en su perfección las ideas que ellos enseñaban sólo en germen. ¡Qué contraste entre el Dios del pacto con Israel y el Padre en los cielos que él revelaba; entre el templo con sus sacerdotes y sacrificios cruentos, y el culto en espíritu y verdad; entre la moralidad nacional y ceremonial de la ley y la moralidad de la conciencia y del corazón! Aun en comparación con las figuras de Moisés Elías, e Isaías, él se eleva sobre ellos en solitaria originalidad.

Una cuarta y muy gloriosa cualidad de su carácter era su amor a ¡os hombres. Ya se ha dicho que estaba posesionado de un propósito que dominaba todo. Pero en el fondo de un gran propósito es necesario que haya una gran pasión que le dé forma y lo sostenga. El amor al hombre era la pasión que dirigía e inspiraba a Jesús.

No se nos dice de manera explícita, cómo nació y crecía este amor en el retiro de Nazaret, y de qué elementos se nutría. Sólo sabemos que cuando apareció en público ésta era una pasión dominante que sofocaba todo amor propio, le llenaba de una compasión ilimitada hacia la miseria humana, y le hacía capaz de seguir adelante, sin vacilar, en la empresa a que se había consagrado. Sólo sabemos en general que este amor se nutría del concepto que tenía del valor infinito del alma humana. Sobrepasaba todos los límites que otros hombres han puesto a su benevolencia.

Generalmente las diferencias de clase y de nacionalidad enfrían el interés de los hombres unos por otros. En casi todo país se ha considerado como una virtud aborrecer a los enemigos; y hay acuerdo general en aborrecer y evitar a aquellos que hayan violado las leyes de la respetabilidad. Pero Jesús no hacía caso de estas convenciones, teniendo en contra de ellas el concepto dominante del valor que percibía igualmente en el enemigo, el extranjero y el proscrito de la sociedad.

Este amor dio forma al propósito de su vida. Le dio la simpatía más tierna e intensa hacia toda especie de dolor y de miseria. Era su motivo más profundo para adoptar la vocación de sanar. En donde más necesidad había de socorro, hacia allá lo impulsaba su compasivo corazón. Pero era especialmente a salvar el alma a lo que su amor le impelía. Sabía que ésta era la verdadera joya, para rescatar la cual debía emprenderse todo, y que las angustias y los peligros de ella eran los mayores de todos. Ha habido a veces un amor a otros sin este designio vital. Pero la sabiduría dirigía su amor hacia el verdadero bie­nestar de aquellos a quienes amaba. Comprendía que estaba haciendo lo mejor posible para ellos cuando los salvaba de sus pecados.

Pero el atributo más prominente de su carácter era su amor hacia Dios. Es el supremo honor y privilegio del hombre ser uno con Dios en sentimiento, pensamiento, y propósito. Jesús tenía esta cualidad en grado perfecto.

Para nosotros es muy difícil formarnos en nuestro interior un concepto adecuado de Dios. La mayoría de los hombres apenas piensan en él alguna vez, y aun los más piadosos tienen que confesar que les cuesta un esfuerzo supremo disciplinar su mente hasta formar el hábito de tenerlo siempre presente. Cuando pensamos en él, es con un sentimiento penoso de la falta de armonía entre lo que hay en nosotros y lo que hay en él. No podemos quedarnos ni por pocos momentos en su presencia, sin sentir en cierto grado que sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni sus caminos nuestros caminos.

Con Jesús no fue así. Siempre estaba consciente de la presencia de Dios. Nunca pasó una hora, nunca efec­tuó una acción, sin referencia directa a Dios. Dios lo rodeaba como el aire que respiraba o la luz del sol en que andaba. Sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus deseos nunca fueron, en lo mínimo, diferentes de los de Dios; su propósito, según su más plena convicción, era el propósito de Dios para él.

¿Cómo llegó a tener esta armonía absoluta con Dios? En gran parte debe atribuirse a la perfecta armonía de su naturaleza en sí, pero en cierta medida la adquirió por los mismos medios por los cuales nosotros la procuramos con tanto trabajo; por el estudio de los pensamientos y propósitos de Dios, revelados en su Palabra, la cual desde su niñez era su gozo constante; cultivando en toda su vida la costumbre de orar, para la cual hallaba tiempo aun cuando no tenía tiempo para comer; y resistiendo con paciencia la tentación de dar lugar a sus propios pensamientos y propósitos que fueran diferentes de los de Dios.

Esto fue lo que le dio tanta fe e intrepidez en su obra; sabía que el llamamiento para ejecutarla venía de Dios, y que él no debía morir hasta que fuese concluida. Esto fue lo que hizo de él, con toda su conciencia de sí mismo y su originalidad, un modelo de humildad y sumisión; porque siempre reducía todo pensamiento y deseo a la obediencia a la voluntad de su Padre. Este fue el secreto de la paz y la majestuosa calma que impartían tanta grandeza a su conducta en las horas más aflictivas de su vida. Sabía que lo peor que pudiera sucederle sería contrariar la voluntad de su Padre acerca de él. Tenía siempre a mano un retiro de perfecto descanso, silencio y luz, en el cual podía refugiarse del clamor y la confusión que le rodeaba. Este era el gran secreto que legó a sus discípulos cuando les dijo al partir: «La paz os dejo, mi paz os doy».

La impecabilidad de Jesús ha sido indicada con frecuencia como el atributo culminante de su carácter. Las Escrituras, que refieren con tanta franqueza los errores de sus héroes más grandes, tales como Abraham y Moisés no tuvieron que registrar ningún pecado de él.

No hay otro rasgo de los santos de la antigüedad más notable que su penitencia. Cuanto más perfectamente santos fueron, tanto más abundantes y amargas fueron sus lágrimas y lamentaciones por su naturaleza pecadora. Pero aunque es admitido de todos que Jesús era la suprema figura religiosa en la historia, él nunca manifestó este distintivo de la santidad; nunca hizo confesión de pecado alguno. ¿No debe ser esto porque no tenía pecado que confesar?

Sin embargo, la idea de la impecabilidad es demasiado negativa para expresar la perfección de su carácter. El era sin pecado; pero lo era porque estaba completamente lleno de amor. El pecado contra Dios no es más que la expresión de la falta de amor hacia Dios, y el pecado contra el hombre es falta de amor al hombre. Un ser completamente lleno de amor tanto a Dios como al hombre, no puede, de ninguna manera, pecar contra el uno o el otro. Esta plenitud de amor a su Padre y a la humanidad, dominando toda manifestación de su ser, constituía la perfección de su carácter.

A la impresión producida en ellos por su prolongado contacto con su Maestro, debían los doce todo lo que llegaron a ser. No podemos indicar con exactitud en qué tiempo comenzaron a comprender la verdad central del cristianismo, que tenían que publicar al mundo después, es a saber que detrás de la ternura y majestad de este carácter humano, había en él algo más augusto; ni por qué grados sus impresiones se maduraron hasta llegar a la plena convicción de que en él la humanidad perfecta estaba en unión con la divinidad perfecta. Este era el término de todas las revelaciones que les hacía de sí mismo. Pero el quebrantamiento de su fe al tiempo de la muerte de él muestra cuan poco maduras deben haber estado hasta entonces sus convicciones con respecto a su personalidad, por más dignamente que hayan podido, en ciertas horas felices, expresar su fe en él. Fue la experiencia de la Resurrección y Ascensión la que dio a las impresiones inestables que por largo tiempo habían estado acumulándose en su mente, el toque que las hizo cristalizarse en la convicción inconmovible de que en Aquél con el cual les fue concedido asociarse tan íntimamente, Dios estaba manifestado en la carne.

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